17 de diciembre de 2010

Bocado de Reyes


Para mucha gente, el aspecto externo de un animal tiene un gran peso a la hora de decidir si puede comérselo o no; hay quienes se niegan a comer los de imagen repulsiva, como un pulpo o algún pez que recuerde a una serpiente y, en el otro extremo, están aquellos a quienes la belleza de la pieza en cuestión anula todo posible deseo gastronómico.
Es el caso de muchas aves. Es de suponer que lo primero que fascinó al hombre de ellas fue su capacidad de volar; después, la espectacular belleza de muchas. Sólo después vendría la constatación de que, en muchos casos, tan bellos estuches encerraban bocados deliciosos.
Durante bastante tiempo, los poderosos llevaron a sus mesas aves de gran belleza. Así se sirvieron en mesas reales o aristocráticas aves como pavos reales, cisnes o faisanes, enteras y recubiertas de todo su plumaje.
Hay múltiples referencias al pavo real, al que Colón, indirectamente, salvó de acabar en la cocina; en ‘Carmina Burana’ de Orff se recoge el lamento de un cisne asado que, en el centro de la mesa, ve cómo los comensales se disponen a devorarlo. Y el faisán fue objeto de honores similares, como los que recibía en la corte borgoñona con motivo del “voto del faisán”.
El pavo común, americano, indultó al pavo real. Ya no comen cisne ni los ingleses, convencidos de que el ganso está mucho más bueno. Pero el faisán... ah, el faisán es otra cosa, y ni siquiera su gran belleza le salva de la cazuela. Una belleza que hizo que el ya anciano filósofo griego Solón, cuando Creso, rey de Lidia, le preguntó si había visto alguna vez algo más bello que su salón del trono, contestase: “he visto a los faisanes en el bosque...” El faisán fue lo mejor que se trajeron Jasón y los argonautas, allá por el siglo XIII antes de nuestra Era, de su expedición a la Cólquida. Llevaron a Grecia el vellocino de oro; además, Jasón trajo consigo a Medea, que acabó siendo fuente de problemas, y los expedicionarios introdujeron al faisán.
Hoy el faisán se ha visto relegado a la categoría de ave de corral. Nace y se cría en granjas, de las que eventualmente se lo libera para que sea objeto del deseo y la puntería de privilegiados cazadores. Y como ave de corral lo tratamos ya. La más bella, sí, pero suculenta.  

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