5 de noviembre de 2009

Se acaban los burros

Más de un factor de extinción y disolución-desde que cierto cubano del exilio asentado aquí y que fabricaba salchichón elaborado con la dulzona carne de burro, en los años setenta, lo situó al borde de la desaparición total-mantiene amenazada la discreta existencia de esta útil criatura y estampa pueblerina, casi siempre cargada de viandas o de carbón.

Todavía la historia oral presenta a su consorte la burra, como consuelo de aquellos ciudadanos que, a escondidas, se cruzaban el río para ir en busca de una que otra aventura erótica que no contenía ningún compromiso de estipendio económico.

Tú le ponías una papeleta en una oreja como pago del servicio y ella lo rechazaba en el acto moviéndolas violentamente, advierte cierto testimonio de esa historia secreta.

En cambio, la sabana africana y ciertas zonas de Estados Unidos, que lo importó de ella, lo muestran robusto y lleno de libertad, peleándose por hembras o echando sus carreras de macho alfa.

Si bien el burro (equus asino), es decir, la ciencia lo asimila desde los griegos, al caballo, su pariente, es lento e individualista a su manera y no tiene los amigos que debiera en razón de ello, no porque sea el imbécil que quieren otros, sí pertenece a una época de menos sordidez endiablada de motores que lo hacen recordar con nostalgia.

No lo han podido convertir definitivamente en materia de archivo porque usted lo ve cruzar esas calles sacrificado él, bajo la inclemencia de los elementos y un tránsito diabólico que no se sabe cómo lo sobrevive.

Pero sus días de animal parejero que se reunía por decenas en plazas comerciales, están más que contados.

Resignado a una suerte de casi descrédito o de metáfora de la brutalidad y del desplante, Yoryi Morel lo reivindicó, inmortalizándolo en el lienzo cargando a una morena que pregonaba rosas, begonias, claveles, dalias y otras materias de los mejores jardines naturales del Cibao.

Probablemente nadie encontrará tiempo para lamentar la ausencia triste de este ser que desaparece sin remedio cuando definitivamente la “modernidad” se asiente en estas calles pobladas de horrendos altoparlantes, que en esa habitual guerra de nervios que se ha constituido el moverse sobre la vía pública, violan en su discurrir hasta el brillo de las estrellas.

Se cita la zona del Cantábrico español como un área donde habitaban diferentes especies de burros, incluido el burro negro que hoy tenemos casi a cuentagotas, y que vino con la Conquista, se supone que sufriendo los mareos y los inconvenientes de un viaje de tres meses en unos barcos que parecían ya sin destino.

Sin embargo, como ocurriera en la llamada altiplana Guerra del Chaco y con los apellidos cuando quedan entre las mujeres, el animal se extinguió por la ausencia de los machos. Pero esa es otra historia.

El uso de carros, el transporte de carga y de personas ha sido el destino.

Usual del équido siempre dispuesto a sumir sus responsabilidades sólo que no como quiera la gente sino con su estilo particular de tomarse su tiempo y asumir sus paciencias, algo que ha llevado a la gente a darle los calificativos más peyorativos de la gramática al uso.

Si se lo compara con el caballo que es brioso, que tiene un alto linaje histórico y prosapia, él se queda bastante rezagado, mas esa es su suerte.

Se lo tiene como un símbolo de la ignorancia pero eso es para molestar solamente a legisladores y políticos u otros seres que carecen de luces.

En cambio, él no se defiende de estos ataques indirectos lo que va con su condición indiferente.

Fue imprescindible en las cargas de tabaco, de víveres, de granos en árganas y en esta ciudad hay colocadas todavía las argollas en que lo amarraban desde el siglo XIX.

En el plano esotérico se le tiene como un emblema de la oscuridad y de las tendencias nada divinas.

En ciertos pueblos de Asia lo montan las divinidades y en otros lugares esas divinidades toman su aspecto.

En otros más profundos aún el borrico significa el elemento instintivo del hombre y una vida que se desarrolla enteramente en el plano terrestre y sensual.

El espíritu cabalga la materia que debe estarle sometida pero que escapa a veces a su dirección.

Los estados del alma han sido dibujados con sus rasgos y el asno del desierto, el onagro, simboliza a los ascetas, los solitarios.

La asna, en cambio, simboliza la humildad y el macho la humillación.

Otras civilizaciones lo reivindican como animal sagrado y desempeña un papel importante en los cultos apolíneos.

Se les ofrecía en sacrificio. Apolo cambió las orejas del rey Midas por las de un burro por haber preferido frente a la música del templo de Delfos la flauta de Pan.

En el lenguaje simbólico esta preferencia indica la búsqueda de las seducciones sensibles.

¿Bruto?

Ni por asomo es el burro el imbécil que algunos creen, aunque no parece tener muchos amigos debido en gran medida a su lentitud y particular individualismo. Pero de otro modo tal vez no habría podido sobrevivir a los elementos o al tránsito.

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